lunes, 11 de abril de 2016

La niña volandera












LA NIÑA VOLANDERA






Cuento - Poema







Antonio Silva Mojica



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¡Era una niña tan rubia,
con unos ojos estrellas!
Era un manojo de risas
entre los rizos de seda.

Festiva y siempre cantando,
lució por nombre Mireya;
su perro, siempre jugando,
Lobo, de altivas orejas.

Era mi hermana menor
y en la familia la reina;
de mis padres la ilusión,
de los grandes la muñeca.

Ayudome a fabricar
una gigante cometa
que superó mi estatura,
mis ilusiones y fuerzas.





Y en limpia tarde salimos
al valle de las palmeras
cuando agitaban las brisas
el saucedal de la vega.

En torbellino de agosto
giraban las hojas secas,
y a Mony se le ocurrió
meterse a la ventolera.

Casi el viento la desviste,
y avergonzada y risueña
con ambas manos insiste
por cubrir sus blancas piernas.

Mientras yo ataba, nervioso,
la cola de mi cometa,
los vientos me la pedían
soplando con impaciencia.

Y arrebatáronme  al fin
mi flamante y roja estrella
y al cielo se la llevaron
reclamando cuerda y cuerda.

Rumbaba el hilo en mis manos,
se agotaba la madeja;
ladraba el Lobo y corría,
gritaba loca Mireya.





Cantaban los zumbadores,
flotaban las cabelleras;
y me quemaba las manos
la piola con su carrera.

Vivos colores lucía
y encabritadas piruetas;
era la novia del cielo
mi bailarina cometa.

Si le templaba, subía
con ondulante carrera,
tensando el níveo sedal
por el azul de turquesa.

Enviámosle telegramas
que arribaban por la cuerda;
la niña escribió con lápiz:
Besos y abrazos. Mireya.




Y el cariñoso mensaje
subió girando de urgencia,
mas se voló por el aire
sin llegar a la cometa.

La niña escribe a los Cielos:
¡Oh Señor, mañana esa!
Sin prever que a lo mejor
sus palabras se cumplieran.

Y el infantil cablegrama
subiendo cual rauda flecha,
cumplió su entrega inmediata
contra la esquiva cometa.

La cual jugaba en azul
entre neblinas viajeras,
mientras bailaba el ciclón
con traje de veraneras.

¡Triunfante y loca subía
con arrogante potencia!
Más y más cable pedía,
pero acabose la cuerda.

Até la punta en el talle
de la entusiasta chicuela,
que a duras penas lograba
contrarrestar la violencia.





Y mientras yo preparaba
nuestra segunda madeja,
se fue la niña de rastras
por entre flores inquietas…

En vano las manecitas
se agarraban de las yerbas;
era una niña-trineo
y a remolque de cometa.

Su Lobo la perseguía
feliz con la jugarreta,
y enredaba más la pita
con cachumbos y arandelas.

Aguardábalos el río
cuando acabaran la vega;
corrí a salvar a mi niña
que surcaba la pradera…




Cuando casi la prendía
subió más raudo el cometa
y alzó a la niña en los aires
como alzar una muñeca.

Salté con todos mis bríos
y agarré sus arandelas,
mas descendieron mis manos
con un jirón de sus sedas.

Colgaba del cinturón
la increíble maromera;
desprendiose una sandalia,
volaban flores y yerbas.

Con lastimeros aullidos
Lobo, ululante, se queja;
su Roja Caperucita
se le escapó de la tierra.

Encumbrábase la niña
sobre las aguas revueltas;
no sé si llantos o risas
gritaba entre sus guedejas.

El entorchado ciclón
bramaba por la riberas
alzando tromba de palos,
hojarascas y malezas.





Y en el centro iba la niña
como raptada princesa;
viajaba entre mariposas,
orquídeas y madreselvas.

El Lobo, desesperado,
buscaba paso en la vega;
y al fin, con salto suicida,
se lanzó a la torrentera.

Ya va el hocico entre espumas
hacia la opuesta ribera…
mas lo arrolló la creciente
por entre tumbos y piedras.

Y perdióseme a lo lejos
tras de las últimas vueltas;
se diluyó entre las aguas
nuestro heroico centinela.




Yo recogí la sandalia
 reliquia de la Mireya,
quien por momentos se hacía
más lejana y más pequeña.

El arrebol del ocaso
la rebujó entre sus nieblas,
y en el llanto de mis ojos
se diluyó mi princesa.

A casa corrí yo entonces
a decírselo a mis padres,
mas no encontraba razones
con que poder explicarles.

La culpa fue del ciclón
que arrebató en su vorágine
cometa, ramas y flores
y a mi lirio de los valles.

Jamás pudieran creerme
lo de la niña en los aires:
¿una cometa de pliegos
y otra cometa de carne?

Colgaba del cinturón,
que pudiera reventarse,
y ella en los montes caer
y no encontrársela nadie.







Río abajo ¿dónde iría
su noble perro a orillarse?
¡Y mañana volarían
zamuros sobre el cadáver!

Rumiando tantas desdichas
a la casa iba acercándome
con un enredo de pitas
y otro enredijo de afanes.

La sandalia de Mireya
la escondí bajo los mangles,
no fueran a imaginar
algún peor desenlace.

Presintiendo un infortunio
salió a la cerca mi madre
con un papel que decía:
Besos y abrazos, a lápiz.





Un telegrama, le dije,
que se voló por los aires.
(Y oculté furtivamente
las sedas rojas que traje).

Rojos eran los retazos
Y más rojo mi semblante;
mamá notó mi vergüenza
y empezó a intranquilizarse.

Al patio de veraneras
me presenté palpitante,
con los ojos inundados
y sin poder expresarme.

Para colmar mi bochorno
llegaron unos zagales
con la sandalia gemela
que toparon en el valle.

¿Y Mireya…? claman todos.
¿Quedó la niña en el valle?
No está en la tierra, les dije,
Mireya está por los aires.

¡Cómo así?  prorrumpen todos.
Amarré a la niña el cable
 y el cable la levantó
por encima de los Andes;




desde aquí se ven brillar
dos punticos en la tarde:
el de arriba es la cometa,
y el de abajo… pues el ángel.

Se alarman ante lo cierto
del increíble percance;
lloraban mis hermanitas,
me reprochaban los grandes.

Mis hermanos organizan
comisiones de rescate:
linternas, lazos y perros;
lágrimas, sustos y afanes.

Y emigran por el portón
a cruzar montes y valles,
cuando el sol de los venados
ruborizaba los Andes.


Quedó la casa en silencio
como jaula sin turpiales;
y asomó la luna llena
tan redonda, limpia y grande.

Mientras yo le repetía
la explicación a mi padre,
mamá, llorosa, seguía
su estrellita de la tarde.

Cruzaron peñas y río,
y otro río y otras peñas,
a la lumbre misteriosa
de la luna y las estrellas.

Extenuados de fatiga,
de incertidumbre y de pena,
no quisieran regresar
sin hallarla, viva o muerta.

Mamá lloraba sus rezos
ante imágenes y velas,
prometiendo tantas misas
y empezando más novenas.

Papá en silencio adoraba
las letricas de su reina
de saludo y despedida:
Besos y abrazos. Mireya.




Yo dormitaba, vestido,
con inquieto duermevela,
cual si estuviera en el valle
maniobrando la cometa.

Bordaban mis hermanitas
el traje azul de Mireya
por si al cumpleaños venía,
pues mañana era su fiesta.

Decorado está el ponqué
de rosada y dulce crema,
con palomitas de azúcar
y cinco velitas nuevas.

La niñera en el fogón
lloraba con la candela,
(no por el humo en los ojos,
sino en el alma Mireya).




Mientras tanto la cuadrilla
desistió de su proeza,
no vay la noche y los riscos
más desgracias les trajeran.

Sin hallar ningún indicio
desconsolados regresan,
para temprano volver
con el sol y nuevas fuerzas.

Aclarando fue la noche
con gotitas en las cercas;
despertando van los trinos
y durmiendo las estrellas.

Silenciosos van llegando
con semblante de tragedia.
Y al entrar por el portón
al patio de veraneras,

por la puerta falsa entraron
el perro Lobo y Mireya
con la cometa gigante;
descalza y pulcra la nena.

Con lágrimas sonreía
como el sol tras la tormenta,
y arrebolada cual cielo
cuando en aurora se incendia.




¡Aplausos y gritería!
Disparos, música y fiesta.
¡Que viva Caperucita!
¡Viva el Lobo y su pareja!

Álzanla, bésanla, mímanla.
Y tanto se la pelean
que le descosen el traje
y en los cachumbos se enredan.

Ella cumple con donaires,
con hoyitos embelesa;
blonda muñeca de carne
cual Niño Dios que regresa.

Mamá volvióse a su cuarto
y apagó todas las velas,
porque de nuevo lucía
su estrellita mañanera.




Se santigua dando gracias
y al regresar canta o reza:
¡Gloria a Dios en las alturas
Y al hombre paz en la tierra!

Papá dispuso el degüello
de la más gorda ternera.
¡La niña nació de nuevo,
resucitamos con ella!

Ascendieron voladores
con sus doradas estelas…
y entre los rizos del humo
los lampos de las centellas.

Yo enjugaba mi alegría
con los retazos de seda;
sin saber que desteñían,
retiñeron mi vergüenza.

Echose a dormir el Lobo
junto a la insigne cometa,
cual prócer que sacrifica
su vida por la bandera.

La niña, en brazos de todos,
no volvió a pisar la tierra;
se la comieron a besos.
Y así terminó Mireya.

 F I N


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V o c a b u l a r i o


Arandela          adorno volante alrededor de la falda
arribar            llegar
arrollar            atropellar   
aurora             el amanecer
blondo             rubio
cachumbo          rizo largo y colgante
centinela          vigilante
chicuela              chiquilla
ciclón              huracán arremolinado            
cuadrilla           grupo de personas en una faena común
degüello            sacrificio de una res
desenlace          final de un suceso
diluir               disolver
donaire            gracia en el hablar y accionar
dormitar           dormir a medias
duermevela        sueño intranquilo
embelesar         fascinar, encantar
encabritarse      erguirse como un cabro
enjugar            secar
entorchado        retorcido
esquivo            huidizo
estela             rastro de chispas, humo, etc.
extenuado         cansado, agotado        
flamante           resplandeciente
furtivamente      a escondidas
guedeja            cabellera encrespada            
indicio             señal de algo
insigne             ilustre
jirón               retazo de tela desgarrada
lampo              brillo instantáneo
lazo                soga
madeja            ovillo de cuerdas
madreselva        cierta flor silvestre aromática
maniobrar         manejar
manojo             conjunto de mieses, cabellos, etc.
niñera              persona que cuida a los niños
níveo               blanquísimo
ocaso              puesta de sol
percance          contratiempo
piola               cuerda delgada
pirueta            salto gracioso, acrobacia
pita                cuerda delgada
pliego              hoja de papel
prócer             héroe
proeza             hazaña, acción valerosa
pulcro              bello y limpio
raptar             hurtar
rebujar            arropar,  cubrir
reliquia            objeto apreciable que se hereda
risco               peñasco alto y escarpado
rizo                churco, crespo, bucle
rumiar             masticar nuevamente
sedal               hilo, cuerda
semblante         cara, rostro
surcar             atravesar
talle               cintura
tensar             templar
topar              encontrar
torbellino          remolino de viento
torrentera        corriente de un río
tromba            remolino de aire ascendente
tumbo              oleaje furioso
turquesa           piedra preciosa  de color azul marino
ulular              dar aullidos o alaridos
ventolera          remolino de viento
veranera          flor del bugambil
vorágine           torbellino de viento
zumbadores       piezas de la cometa que zumban con el viento



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